
Mi hermano no cree en la homosensualidá de la tele. Yo le digo, “hermano, ese lugar está lleno de homosensuales,” y no me cree. Se niega a imaginar que algunos se ponen bien homosensuales cuando hay que conseguir algo, porque tampoco cree en el trueque poto-papel. Entonces jamás podría llegar a creer que se puede ser homosensual por un ratito; es más, cuando trato de explicarle que es cosa de bajarse los pantalones y cerrar los ojos, me dice absolutamente convencido, “no, estás equivocada.”
Mi hermano le cree al homosensual que va a ser padre, al que se consigue un avión para lanzarle flores a una furcia desde las alturas, al que dice que es un robot, a la loquita que pide titular en la Cuarta con su historia de desfloración.
Y yo le dijo, “hermano, ellos mienten.”
Porque mienten.

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